sábado, 28 de noviembre de 2009

Avistamiento de ballenas en la Costa Brava


¡¡¡ Una ballena !!! Grité, ¡¡¡ He visto un chorro de vapor saliendo del agua !!!

Mis amigos no salian de su asombro y me miraban como a un bicho raro. Me decían si había bebido mas de la cuenta.

Habiamos salido a navegar en el "Atlántida I" por aguas de la Costa Brava como otros fines de semana de primavera. Ya habíamos estado navegado a vela durante toda la mañana. Tras preparar una comida ligera a base de ensaladas, algunos snaks y fruta, toda la tripulación estaba disfrutando, unos de un buen café, otros de esa tontera maravillosa que se siente despues de comer, mucho más si un mar tranquilo te mece plácidamente.

Yo estaba a la rueda, como siempre oteando el horizonte, alerta a cualquier peligro sobre la superficie del agua. El Sol ya empezaba a bajar, dejando fugaces destellos en las suaves ondas de un mar excesivamente plano. Una ligera bruma desdibujaba la silueta de la costa. Fué entonces cuando vi una columna blanca de vapor recortada sobre el fondo oscuro de la costa y di la voz de alarma.

Como era de esperar nadie me creyó, así que me dije a mi mismo que quizas la imaginación me habia jugado una mala pasada.


No pasaron ni diez minutos cuando Carlos, señalando a un punto en estribor , no daba crédito a lo que estaba viendo y gritó: ¡ Era verdad, tío, es una ballena ! ¡ Da la vuelta e intenta seguirla !

Toda la tripulación despertó de su ensoñación y se puso a la maniobra de velas y en treinta segundos ya habíamos virado 180º y comenzábamos a seguir a un cetáceo que medía ocho metros más que nuestro velero y probablemente pesase mas del doble.

Durante mas de media hora estuvimos observando a este magnífico animal, viendo su calmado y majestuoso navegar sin apenas perturbar la superficie del agua. Mientras duró esta magnífica experiencia, hubo unos segundos especialmente intensos, en los que todos contuvimos la respiración mientras veíamos como la ballena, cual si fuese un submarino se dirigía a nuestro barco y a escaso cinco metros se sumergía suavemente, dejando pequeños remolinos en la superficie. Todos quedamos inmóviles, esperando en cualquier momento ser zarandeados como un barco de papel, mientras pasaba por debajo de nuestra quilla.


Todos pudimos notar una ligera perturbación bajo nuestros pies, mientra nos sujetábamos a cualquier punto del barco en espera de lo peor.

Durante esos segundos, el silencio se podía cortar, ya que ninguno de nosotros nos atrevíamos ni a respirar.

Así, inmóviles, pasaron algunos minutos sin volver a ver a la ballena. Ahora teníamos la sensación de que éramos nosotros los que estábamos siendo observados.

Unos minutos mas tarde, una enorme boca emergía de la superficie dejando ver más de la mitad de su estilizado cuerpo, y cayendo en el agua con estruendo similar al que haría un elefante tirándose desde un trampolín.

La forma de obtener su alimento es muy curiosa. Se alimentan de plancton y pequeños peces que atrapan con sus "barbas". Se sumergen a una profundidad aproximada de 100 metros, nadando en círculos y soltando una cortina de burbujas, que actúan como si fuese una red en la que quedan atrapados en su centro pequeños pececillos agrupados por el efecto de las burbujas. En ese momento, la ballena comienza a ascender a toda velocidad con sus fauces abiertas, atrapando todo el alimento que puede. Así es como al emerger pueden sacar su enorme cuerpo de la superficie del agua casi por completo.


Según pudimos documentarnos, se trataba del rorcual común. Es una especie del grupo de los misticetos, que puede llegar a alcanzar los 25 metros de longitud, y pueden llegar a pesar 50 toneladas de peso. La alimentación de los rorcuales está basada en el plancton, filtrando el alimento a través de sus barbas.

Es un excelente nadador, llegando a alcanzar los 20 o 25 nudos de velocidad, y se les ven en el Mediterráneo, en el Estrecho, Atlántico y Océano Pacífico entre otros lugares.

El Rorcual común, Fin Whale en inglés, es un cetáceo que se mueve por los siete mares, y siempre está en movimiento salvo algunos santuarios donde se le puede ver para aparearse y para dar a luz a las crías.

Durante los casi 40 minutos que duró la experiencia aún pudimos observar varios saltos, hasta que en un momento dado la ballena se sumergió y desapareció bajo las aguas dejando un recuerdo imborrable de este día.

Por la noche, mis amigos me guardaban una sorpresa, ya que al día siguiente era mi cumpleaños. Habían reservado una mesa para cenar. Estuvimos comentando la jornada con una cierta excitación. A las doce de la noche me cantaron el cumpleaños feliz y me regalaron un libro sobre ballenas y delfines, que no sé en que momento pudieron compran.

Al darles las gracias, no pude evitar emocionarme al comprobar que eran ellos los que estaban enormemente agradecidos por haberles regalado tan sorprendente día.

Ahora, con este recuerdo, solamente espero que algún día se vuelva a reunir la tripulación del Atlantida I (Carlos, Menchu, Javier, Elena, Jose Mari, Mayco, Carmen y yo mismo) e intentemos repetir la experiencia. Aunque no estaría mal organizar una flotilla de dos o tres veleros para poder abarcar mas área y tener mas posibilidades de éxito.

Fotos: Carlos Ferraz

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